lunes, 10 de marzo de 2014

Se esconde el sol tras la ciudad y a lo lejos, en un barrio de periferia, se aproxima un hombre de mediana edad, aparentemente normal, absolutamente gris. 

Diariamente repito el mismo procedimiento: de casa al trabajo, jornada completa de rutina y vuelta al hogar. Cena, una hora de televisión, ocho horas de sueño y vuelta a empezar. 

Sin objetivos ni anhelos, hastiado del mundo y sus normas, valores y exigencias respecto a los imperativos del éxito sin condiciones; he dejado de luchar contra mi propia naturaleza, la de un ser prescindible y consciente de ello. 

Esta apatía ahuyenta toda posibilidad de contacto humano, lo cual exigiría por otra parte dedicarle atención a una persona que probablemente carezca del menor interés. Por el momento, dejar pasar los días en soledad es sin duda la mejor opción. Ya habrá tiempo de cambiar.

Y vuelta al hogar. Cena, una hora de televisión y 20 minutos de anuncios. Urbanizaciones, mancuernas, fertilizante para el jardín y pienso para la mascota. Ocho horas de sueño.


Y vuelta al hogar. He instalado una jaula en mi jardín de tres metros cuadrados. Cada tarde, cuando llego del trabajo, realizo el mismo ritual. Me quito el reloj y seguidamente me desvisto. Entonces, salvaje y libre, me encierro en mi jaula.


Fuera quedan las normas y sus seguidores, lo que muestro y lo que escondo, el miedo y sus representantes, conceptos y colores, ausencias y anhelos; fuera quedáis vosotros.


Vivo en un barrio deprimente repleto de gente deprimente. Desconozco si ellos han hecho el barrio o el barrio les ha hecho a ellos. Yo, por suerte, soy diferente.


Me dejo llevar por el placer, la tristeza o la ira. He descubierto dentro de mí un ser humano sin límites, con múltiples funciones e infinitas posibilidades. Soy un proyecto de bestia primitiva y exhibicionista. Dios, me encanta que me miréis.


Durante el día, el hombre de mediana edad recupera su tono grisáceo trabajando como contable en una inmobiliaria, intentando cuadrar unas cuentas que reclaman su propio despido. Hay que apretarse el cinturón, que ya se lo aflojará uno cuando llegue a casa.


Llego a casa, me quito el cinturón, el reloj y seguidamente me desvisto. Salgo al jardín con la euforia en el estómago y los números en la cabeza. Enfilo el camino a la reclusión. Soy un preso de la libertad. Un yonki de la primigenia en permanente abstinencia. Sólo me calma mi jaula.


Cierro por dentro y supuro el veneno acumulado a lo largo del día. Tras varias décadas de vacío existencial he aprendido a manejar ciertos sentimientos con fluidez, como el placer, al que consigo llegar a través del odio irracional. El amor nunca me interesó y la muerte ha dejado de seducirme. Justo ahora…


He vuelto a morir. ¿Quién eres tú? Un cabrón desaprensivo se ha encerrado en mis tres metros cuadrados y no tiene intención de salir.


Dime, ¿por qué lo haces? Te he visto merodear junto al jardín. ¿Pretendías pasar desapercibido? No lo hacías. Este no es tu lugar, es absurdo, ni siquiera te interesa.


Pareces inteligente y saludable, no malgastes tus días en esta miseria. No soy partidario de la violencia pero si no sales, perderé lo único que me importa. Por favor. ¿Quién te has creído que eres para echarme de mi propia vida? ¡Fuera!


Se quedó. Pasaron los días, la rabia tornó en desaliento y finalmente en resignación. El extraño había peleado tanto o más que el hombre gris venido a negro, se había ganado el derecho a conservar la jaula. Renunció a todo.


También el hombre de mediana edad y periferia, que una vez perdida su única vía de escape, dedicó el tiempo a buscar alternativas. Surgió una simbiosis entre los dos. Uno alimentaba al otro porque se sentía útil, el otro se dejaba alimentar porque se sentía hambriento.


El resto del tiempo espiaban. Mientras existió ese vínculo ambos caminaron sobre un frágil equilibrio físico y mental. Cuando la rutina volvió a aparecer el equilibrio se desmoronó. De nuevo la apatía y vuelta a empezar. Cambio de planes.


¿Y si le dejo morir? No me apetece conservar un ser vivo en mi jardín. Un hombre puede sobrevivir casi un mes a la desnutrición, en su estado le doy una semana. Me quitaré el reloj, me desnudaré y me sentaré a observar el maravilloso espectáculo de la descomposición humana. Eso también me lo ha regalado la jaula.